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Una visión del pasado, del presente y del futuro recopilada entre los periodistas, cientificos, e intelectuales argentinos : La brújula política está dedicada al estudio y a la reflexión crítica sobre la realidad.

11/5/10

Entrevista a Tulio Halperín Dongui: La Revolución de Mayo y la situación de la historiografia argentina actual

PARA HALPERIN DONGHI, el problema del neorrevisionismo es identificar el pasado con el presente
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El historiador y la tradición
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Para Tulio Halperín Donghi, el origen de la Revolución de Mayo se halla en la reacción a las Invasiones Inglesas. En esta entrevista, también se refiere al estado de la historiografía argentina.
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Arrojado al mundo académico extranjero por la dictadura de Onganía en 1966, Tulio Halperín Donghi construyó su propio espacio de la Historia lejos de la barbarie que tuvo como epicentro a La noche de los bastones largos. Aterrizó primero en Oxford, y a partir de 1972 enseña en Berkeley y desde allí proyectó su trabajo como historiador argentino. Aunque sus principales obras las escribió en bibliotecas norteamericanas, es uno de los más importantes historiadores argentinos. En esta entrevista, que respondió por e-mail, se refiere a hechos y personajes de la Revolución de Mayo. También traza un diagnóstico de la investigación histórica en la Argentina.

-¿Cuándo arranca el proceso revolucionario de Mayo, con qué hechos? Usted ha señalado la importancia de las milicias urbanas en el proceso revolucionario, ¿cómo surgieron y por qué son clave en este proceso?

-Cuándo comienza un proceso como el que desembocó en los sucesos ocurridos en Buenos Aires entre el 17 y el 25 de mayo de 1810 depende de la visión que tenga quien los estudia y del desenvolvimiento de los procesos históricos. Para Mitre, que tanto en cuanto al pasado como al futuro prefería las perspectivas largas, el proceso comenzó cuando el primer europeo pisó las costas del Río de la Plata. Aun para otros menos atraídos por las preguntas que pretende responder la filosofía de la historia, la respuesta depende del rasgo del contexto, en que esos sucesos se desenvolvieron, que más les han interesado. Si ven en esos sucesos el capítulo rioplatense de la reacción de la América española al derrumbe de la resistencia contra la invasión francesa en la metrópoli, concluirán que comenzó cuando la noticia de ese derrumbe llegó a Montevideo: los esfuerzos del virrey Cisneros por evitar la difusión de esa noticia sugieren que fue él el primero en verlos en esos términos. Si les interesan, en cambio, las razones por las cuales el foco revolucionario establecido en Buenos Aires fue el único de los que estallaron en 1810 que no fue sofocado por la contraofensiva realista, lo buscarán donde también lo busqué yo, entre muchos otros: en la reacción frente a las Invasiones Inglesas. El contraste entre la ineptitud que desplegaron en la ocasión los funcionarios regios y la eficacia con que las iniciativas espontáneas de sus gobernados disiparon la amenaza británica hizo perder a esos funcionarios mucho de su legitimidad a los ojos de éstos. Pero, sobre todo, las peculiaridades de la movilización militar de la población urbana pusieron a disposición del sector criollo de la elite colonial una fuerza armada pagada con los recursos del fisco regio y localmente demasiado poderosa para pensar en desmovilizarla. Apenas la crisis de la metrópoli distanció a ese sector del que estaba decidido a defender a todo trance el lazo colonial, puso en sus manos una decisiva arma de triunfo. Tal como lamentaba más de un funcionario regio, el tesoro virreinal no podía enviar socorros a la España resistente porque se desangraba sosteniendo una fuerza armada que era ya la de una facción con cuya lealtad no podía contar en absoluto.

-Al poderío militar se suma el económico...

-Como suele ocurrir en el trabajo del historiador, al elegir una respuesta uno elige, ya sin saberlo, las nuevas preguntas que ella va a suscitar. En mi caso, me llevó a vincular esa peculiaridad del proceso porteño con la implantación, al crearse el Virreinato, de un gran centro militar, administrativo, judicial, eclesiástico y mercantil que cada año inyectaba un millón y medio de pesos del tesoro regio en las escasamente pobladas llanuras de la región pampeana y el litoral. Allí, las exportaciones pocas veces superaban el millón por año, lo que permite entender mejor el papel central que el control de esos recursos tuvo en el conflicto que alcanzó su punto resolutivo en aquellos días de mayo.

-La participación popular en los sucesos de Mayo ha sido largamente discutida. En un extremo se sostiene que fue una revolución patricia sin contenido democrático. Otros analizan formas de movilización y participación política existentes en la época. ¿Cuál es su postura al respecto?

-Esas conclusiones dependen tanto de los aspectos de esos sucesos que interesaron al historiador como de los supuestos que éste llevó a su examen. Entre los que ven en ellos una revolución patricia sin contenido democrático hubo quienes, como Roberto Marfany, reconocieron en esos sucesos la obra de un ejército alineado tras de sus mandos naturales, cuya misión histórica seguía siendo en el presente guiar los avances de la nación surgida de su acción en esas jornadas, pero hubo también quienes consideraban que la entonces conocida como Gran Revolución Socialista de Octubre marcaba el destino hacia el que se encaminaba la entera historia universal, y comenzaban a dudar de que –como antes había creído firmemente Aníbal Ponce– la de Mayo hubiera puesto a la Argentina en camino hacia esa meta. Por mi parte, confieso que me interesé menos en esos planteos que llegaban a la misma conclusión partiendo de premisas opuestas que en las peculiaridades más específicas de la movilización política que acompañó a esos sucesos.

-En relación con los protagonistas de los días de Mayo, como Cornelio Saavedra, Juan José Castelli, Juan José Paso, Manuel Belgrano, Mariano Moreno, ¿cree que la Historia ha sido injusta con alguno de ellos?

-Confieso que no ambicioné constituirme en el oráculo por cuya boca la Historia (con mayúscula) hiciera adecuada justicia a cada una de esas figuras, sino entender un poco mejor el proceso en que todos ellos habían participado. Esto hace que, frente a Cornelio Saavedra, me interese menos en coincidir o no con su futuro adversario y víctima Manuel Belgrano, quien en esas jornadas desplegó una deslumbrante destreza táctica sin la cual no se hubiera alcanzado el desenlace positivo que efectivamente vino a coronarlas, que en adquirir una imagen más precisa de lo que hizo que, apenas el coronel Saavedra informara al virrey Cisneros que no estaba en condiciones de garantizar que las tropas bajo su mando podrían contener con éxito a la muchedumbre que, como preveía, se preparaba a protestar contra la composición de la Junta designada el 22 de mayo, éste se apresurara a renunciar al cargo de Presidente. Y esto hace que frente a la figura de Moreno me interesase más en explorar las razones que hicieron de su actuación en esos días el punto de llegada de una trayectoria que hasta poco antes no era claro que se orientara en esa dirección, y en lo que esa trayectoria individual pudiera sugerir acerca de las ambigüedades del proceso colectivo del que fue parte, que en averiguar si esa actuación contribuye o no a asegurar para Moreno un lugar eminente en el cuadro de honor de los héroes de esas jornadas.

-Yendo al escenario actual, ¿cómo evalúa los avances de la investigación histórica en la Argentina?

-Creo que lo que hemos vivido desde hace ya décadas en la Argentina es la plena profesionalización de la tarea de investigación histórica en un marco institucional creado a partir de 1955. Este marco fue consolidado con propósitos muy distintos por los regímenes militares de 1966-73 y de 1976-83 y devuelto a su propósito primero a partir de esa última fecha, en una tarea en la que tuvieron un papel central no sólo el Departamento de Historia de la UBA, que en rigor retomaba un proyecto interrumpido en 1966, sino también los de universidades del interior que la encaraban por primera vez. Todo eso se reflejó en un mayor rigor en las exigencias metodológicas y un mayor dominio de la problemática en los distintos campos temáticos, apoyada en una relación cada vez menos distante con los avances del trabajo histórico fuera de la Argentina. Esto ha permitido a algunos de nuestros historiadores participar de modo muy creativo en el esfuerzo para buscar enfoques y criterios de análisis adecuados para abordar las preguntas que, acerca del pasado, les propone un tiempo presente marcado por trasformaciones muy profundas en un marco de extrema incertidumbre.

-¿Y cuál es la situación de la historiografía argentina en el escenario global?

-La historiografía argentina ha alcanzado al abrirse el siglo XXI el objetivo fijado para ella por la Nueva Escuela Histórica. Quienes la sirven son integrantes de una comunidad de estudiosos que tanto en el viejo como en los nuevos mundos tienen a su cargo fijar el rumbo de nuestra disciplina. Pero eso, que no podría ser más positivo, la obliga a confrontar los problemas que los avances de la profesionalización plantean aquí como en todas partes. Esa profesionalización impulsa la expansión constante de un aparato institucional cada vez más complejo, que incluye, en nuestro caso, a las universidades que ofrecen el ámbito primario para el trabajo de los historiadores, desde el Conicet y la Agencia de Promoción Científica hasta las fundaciones e instituciones internacionales de las que provienen los recursos que sostienen los nexos de esa comunidad más amplia.

-¿Cuáles son los problemas de los avances de la profesionalización?

-En todas esas instituciones, en mayor o menor medida, se hacen sentir los efectos de la ley de hierro de la oligarquía, anticipada por Robert Michels en su análisis de los partidos socialdemócratas de comienzos de siglo XX que, llevada al límite, hace que quienes controlan esas instituciones las usen en su favor más que en provecho de los servidos por ellas. Así se refleja, por ejemplo, en el porcentaje creciente de puntajes asignados tanto por el Conicet, como, muy frecuentemente, por las universidades que reconocen los puntajes obtenidos en tareas de gestion, en detrimento de los de investigación y enseñanza. De este modo se agrava en sus consecuencias cuando, en esta etapa, teóricamente gobernada por criterios meritocráticos, siguen gravitando otros decididamente particularistas que intentan adquirir una espuria objetividad expresándose en cifras numéricas. Pero aun cuando ello no ocurre, la obligación de probar cada año que lo investigado en ese período ha fructificado en presentaciones, simposios y artículos aceptados en publicaciones con referato lleva a menudo a renunciar a proyectos de mayor aliento o en el mejor de los casos significa un serio obstáculo para los esfuerzos por llevarlos a término. Cuando se recuerda todo eso, es a la vez sorprendente y reconfortante descubrir que en cada promoción de estudiantes hay siempre más de uno (o una) que une a su agudeza de mente y rica imaginación histórica la seguridad de que no puede escapar a su destino de hacer historia, y es ésa la mejor razón para esperar que el futuro depare cosas buenas para la historiografía argentina.

-Usted se ha mostrado crítico con respecto a ciertas versiones "neorrevisionistas" de divulgación histórica. ¿Cree que estas lecturas pueden ser un primer paso que luego derive en lecturas más consistentes de la historia o las considera poco útiles?

-Desde luego puede ser lo segundo; antes de que ganara popularidad ese género era usual que el interés por el pasado se despertara en la primera adolescencia a partir de la lectura de una novela histórica de Alejandro Dumas o de Walter Scott, y sólo quienes, aunque no lo sabían, llevaban ya dentro de sí ese interés sentían la necesidad de pasar luego a esas "lecturas más consistentes". Mi problema más serio con el neorrevisionismo no es ése, sino que para hacer más comprensible el pasado lo identifique con el presente. Para poner un ejemplo: con ese método podría presentarse a Cornelio Saavedra como la dirigente jujeña Milagro Sala de las jornadas de mayo. O, habida cuenta de la prodigiosa destreza táctica que le ganó la admiración de Belgrano, podríamos verlo como el precursor, en esas jornadas, de Juan Domingo Perón. O quizá algún retrospectivo militante de la facción morenista podría equiparar su papel con el desempeñado el 4 de junio de 1943 por el general Pedro Pablo Ramírez, ministro de guerra del presidente Castillo. En la reunión de gabinete convocada por Castillo para organizar la resistencia a la revolución que había estallado ese día Ramírez pidió la venia para retirarse invocando su carácter de jefe de esa revolución. Produjo efectos parecidos a los que la advertencia de Saavedra tuvo sobre el virrey: Castillo abandonó toda idea de resistencia tras una breve excursión fluvial en un guardacostas de nuestra Marina de Guerra. Para entonces, ya reemplazado en el cargo por Ramírez, tal como el virrey lo había sido en Mayo de 1810 por Saavedra, se volvió a su casa, igual que sus ministros.

-¿Pueden ser comparaciones con una función didáctica?

Es verdad que comparaciones como éstas pueden ofrecer una primera aproximación a un personaje del pasado que, en otros aspectos no menos importantes, no tenía nada en común ni con Sala, ni con Perón, ni con Ramírez, pero ocurre que ese neorrevisionismo no se limita a usarlas con esa intención pedagógica, sino que proclama descubrir en un supuesto pasado –que es sólo una alegoría del presente– lecciones válidas para ese mismo presente, ignorando que para que la historia del pasado pueda ofrecer esas lecciones necesita ser de veras historia del pasado, mientras que lo que se confecciona de esa manera no lo es en absoluto.

Fuente: El historiador y la tradición - Revista Ñ - 28/04/10
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200 años: Bicentenario Argentino

Ya estamos más cerca de la semana de Mayo, del 25 y de nuestro Bicentenario...Por eso, a continuación, un par de notas periodisticas, culturales, y de interes general alegoricas sobre la revolución de Mayo, y sobre este 25, esta vez tan especial que se da cada 100 años...
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Espero que sean de su agrado, y que les sirva para reflexionar, para recordar sobre la patria que tanto queremos, y a la cual esperamos verla cada día mas grande, más inclusiva, con mas justicia para todos...¡Viva la patria!

8/5/10

Recontrarrepodridos de la política

Me pasa lo que a muchos: oscilo políticamente. No me refiero a que cambie muy seguido mis preferencias (siempre estoy con los que hablan de hacer y hacen, antes que con los que pelean, acusan y no tienen logros). Me refiero al interés que me despierta la política: a veces mucho, a veces poco. A veces nada. Cuando hay peligro de cambio como si estuviera cerca el gol, todo se vuelve significativo, muy significativo, y por lo tanto también interesante. Son días para estar pendiente, para tratar de ver qué le pasa a este animal enorme que es una sociedad, y para tratar de incidir en los resultados del supermatch: las elecciones. Hablamos con parientes y amigos, discutimos por Internet, seguimos de cerca la cosa.

En otros momentos, cuando hay vueltas y más vueltas y vericuetos, y se ven los mil recursos que los gobernantes tienen para no actuar frente a los problemas, para no poner a andar decididamente la máquina de hacer y crecer que es ese animal social, me sobreviene un desencanto profundo. Una mezcla de bronca con desasosiego. Un cansancio, un hartazgo.

Muchos tienen a esta última actitud como la única posible. Están recontrarepodridos de la política, porque sienten que en ella se cocina el mal. Son los talleres del demonio. Los políticos son esos neuróticos que necesitan tener un poder que después no quieren aplicar a nada en concreto, un poder que se mueren por tener, que los reseca y envilece, sin que les de realmente nada muy real a cambio. Como dijo una vez con precisión Sergio Berensztein: los políticos se aburren con la gestión. Prefieren la rosca. Suspenda la reunión con el equipo de planificación de (lo que sea), que tengo que resolver unas roscas con el intendente. No digo que se expresen así, pero eso imaginamos. Eso o cosas peores.

Pero esta actitud es un error. No porque el ambiente político esté lleno de personas que sólo quieren el bien -aunque hay muchas, más de las que creemos, aun en esos terrenos en los que creemos que esas plantas no crecen-, sino porque hay un fantasma, en ese cuento de lo malos que son los políticos, que cambia el sentido de todo. Falta un personaje.

¿Quién falta? ¡Vos! O mejor dicho: ¡uno! Me explico: uno vive creyendo que esas cosas tendría que solucionarlas otro. Que el país tendría que ser de otro modo. Por ejemplo: todos los chicos argentinos tendrían que estar bien alimentados. ¡Qué barbaridad, no lo están!, nos quejamos o decepcionamos, y creemos que hemos hecho nuestro aporte. Pues no. Claro que tendrían que estar alimentados, el tema es quién va a ocuparse.

Mirar a la cara los hechos es darse cuenta de esto: que todos los chicos argentinos estén bien alimentados es un hermoso deseo. Ahora hay que transformarlo en un buen plan, y hacerlo. No hay a quien reclamarle: ¿quién es responsable de que no se realice ese deseo en nuestro país? No hay un superpadre a cargo, hay personas. Esas personas somos nosotros, los argentinos. ¿Cómo vamos a lograr concretarlo?

Sí, ya sé que la respuesta de muchos es que hay otros, los malos, que hacen que las cosas sean así, que de ellos es la culpa, que si no fuera por su perversidad todo andaría bien. Pero es más una manera de ponerse a salvo, de quedar bien, que una verdad. Si dejamos la política en manos de viciosos del poder, la culpa no es de ellos, es nuestra. Siempre va a haber gente capaz de hacer cosas feas, el tema es no dejarlos.

Horrorizarse frente a la política puede ser lindo, puede parecer noble, puede dar la ilusión de que uno es mejor que aquellos que critica. Pero si en los hechos uno no hace su aporte, no sirve. A las cosas hay que hacerlas.

Y además: no es cierto que todo dé lo mismo. Hay opciones. Siempre hay gente nueva que se quiere meter en la maquinaria del poder para ponerla andar a favor del crecimiento, de la plenitud de todos. Siempre hay gente que se junta para dar pasos útiles, que quieren una política de servicio, creativa, útil, moderna.

Hay que acercarse a la política. No hace falta entregarle la vida. La buena política no se hace matando o haciéndose matar, ni olvidándose de uno mismo en un sacrificio altruista. La buena política se hace queriendo al mundo, metiéndose en la realidad, buscando la satisfacción de aportar algo a una realidad que sabemos que se pone buena cuando mucha gente trabaja para mejorarla. ¿O no?

Fuente: Recontrarrepodridos de la política, por Alejandro Rozitchner - FmCosmos - 08/04/10
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El virus de la idea

¿Somos dueños o no de nuestras propias ideas? ¿Son nuestras ideas realmente nuestras? La pregunta se dispara a partir del comentario de Hebe de Bonafini “vean Canal 7, escuchen Radio Nacional”. Más allá de lo que implique en el contexto en el que vivimos, Bonafini, al decir eso, recurría a un lugar común que quizás esconda algo de verdad, aunque tiendo a creer –quiero creer– que no: que los medios contagian nuestras opiniones y –más– guían nuestras acciones. Que influyen en nosotros al punto de obligarnos a hacer (y pensar) lo que quizás no debemos (¿pero debemos pensar tal o cual cosa?).

Es cierto que en un diálogo uno de los interlocutores puede llegar a adoptar como cierta una afirmación del otro, que el razonamiento mutuo puede causar un cambio de opinión. En todo caso, llegar a un acuerdo es uno de los sentidos de la comunicación. No se trata de influencia o manipulación, sino de pedirle al otro que revise sus ideas a partir de ciertos parámetros. Pero para que este diálogo se dé y las ideas puedan sufrir el mecanismo evolutivo de la supervivencia de la más efectiva, es necesario que cada interlocutor pueda pensar en libertad. Nuestros cerebros son capaces de tal cosa de modo automático. Paralelamente, este tipo de diálogo es el que ha construido el triunfo de las grandes teorías que se entrecruzan en nuestra vida, desde la evolución hasta la física cuántica. Y volvemos a lo mismo: es importante que cada idea que testea otra, cada solución alternativa a un problema, surja del libre juego del pensamiento.

Ahora bien: desde que existen los medios masivos de comunicación (y el alfabetismo los hizo realmente masivos), desde que los espectáculos artísticos son para multitudes, el fantasma de que una idea puede penetrar en las mentes inocentes y causar estragos como un virus se ha hecho más y más fuerte. La censura cinematográfica también se ha basado en eso. Muy temprano tras el nacimiento del cine, los controladores de la moral se dieron cuenta de que las imágenes forjan memoria de un modo mucho más permanente que la palabra (y llegan al analfabeto, también). Entonces, a cortar y prohibir. En el censor aparece la idea de que alguien comprende más el mundo que el resto de la Humanidad y que sabe qué es bueno y qué no para ella. La Humanidad es, así, un monstruo deforme e indiferenciado cuyo cerebro múltiple es el mínimo común denominador de ideas parcas, algo absolutamente corruptible.

Pero resulta que nadie sale a violar vírgenes después de ver La fuente de la doncella, a nadie se le ocurre llamar al vecino para sacarle el hígado y comerlo con zanahorias y chianti tras ver El silencio de los inocentes, ni mucho menos ir a Palermo a decapitar un caballo y poner la cabeza en la cama de la suegra porque vio El Padrino. Sabemos qué es falso: desde que somos chicos comprendemos que el Lobo no se comió a Caperucita; lo que nos importa es saber si en ese cuento los personajes son buenos o malos. Extrapolando estos comportamientos, uno puede decir que nadie cree automáticamente lo que le dice TN o Canal 7. Nuestras cabezas funcionan de manera autónoma y cada uno tiene una visión particular del mundo. Una visión que puede coincidir mucho con la de otro, pero que sigue siendo individual y producto de elecciones voluntarias.

Volvamos al principio: ¿son nuestras nuestras ideas? Me sometí al experimento de ver 6, 7, 8 unos cuantos días y creo –dado que me considero un típico exponente de la raza humana– que no, dado que no sólo no me hice kirchnerista sino que la manipulación del discurso de esos dizque periodistas me resultaba tan evidente que me dio bronca ser tratado como un idiota a quien el conductismo de la repetición puede convencer de algo. Como soy una persona ecuánime –o intento serlo: recuérdese que “ecuánime” y “objetivo” no son lo mismo– me sometí a la misma dieta de programas políticos de TN. Misma cosa: ver a los duetos buscar el pelo en el huevo o a productores manipular los zócalos me permitían ver que una cosa es criticar al Gobierno en lo criticable y otra manipular los adjetivos para que cualquier cosa adversa que pase en el mundo sea culpa de los Kirchner. Pensé lo mismo: que me trataban de orate. La prueba se puede repetir en gráfica: tomen un El Argentino y lean en paralelo la edición de Clarín del mismo día. Mis ideas respecto de la Argentina y los medios seguían siendo mías y habían pasado la prueba de contrastarse con las representaciones de esos medios.

Charlando con mi viejo, noto que a él (que no es periodista, por lo tanto no vive en ese micromundo que a veces nos rodea y confunde a las ratas de redacciones) le pasa lo mismo. Siendo opositor a este gobierno, no deja de decir “che, lo de Teéne ya es asqueroso”; ve el fútbol del 7 porque don Miguel es hincha de Independiente, pero dice que cómo joden con la propaganda oficial. Y ésa es la clave: el “eso es asqueroso” y el “cómo joden” demuestran que en todos hay una impermeabilidad saludable y básica a la obscenidad del conductismo. Que si decidimos no prestar atención a tal o cual cosa, lo hacemos por alguna razón.

(De paso, deberíamos pensar en eso respecto del comportamiento de la gran mayoría de los argentinos durante la dictadura, porque creo que hay una mala apreciación de esos tiempos tanto por los detractores más publicitados de los asesinos como de quienes dicen que en el fondo con los milicos estábamos mejor).

Volviendo: Hebe de Bonafini decía que los periodistas de la red de medios públicos eran los únicos que decían la verdad y –peor– a los que había que ver. El problema es que, al decir eso, se colocó en el mismo lugar de un creativo publicitario que cree que a “la gente” se le puede crear una necesidad gracias a las armas modernas de la persuasión. Bonafini cree que si “la gente” no adhiere a sus ideas o a este gobierno es porque los medios le mienten o no le dejan ver la realidad. Cree, y dice, que nuestras ideas no son nuestras, que otro nos las impone. Básicamente ésa ha sido la razón de censuras y prohibiciones. Una buena idea –digamos, la idea de que el Estado no puede asesinar, de que la tortura es mala– puede testearse contra cualquiera si es realmente mejor que otras, sin necesidad de que las otras no se escuchen: siempre voy a sentir náusea al leer Cabildo o La Nueva Provincia. Si, digamos, la administración Kirchner hace las cosas bien, el público verá fácilmente la manipulación de los grandes medios como tal. Si no, usará esos datos para seguir indignándose. Pero la indignación no la causan los medios: el ciudadano decide indignarse. Cuando Bonafini dice que los medios no oficiales están al servicio del capital internacional, es una opinión y una hipérbole atendible (no necesariamente cierta del todo, claro). Pero cuando dice que por eso no hay que ver ni oír todo, sino ver y oír los medios del Estado (y creer su información) está diciendo que los medios modelan a los ciudadanos: en suma, que no piensan por sí mismos.

Una de las características del ser humano es su capacidad de razonar y, sobre todo, comunicar ese razonamiento o un saber a otro ser humano. Otra, más importante, es la voluntad. Quien no tenga tales capacidades no será –o será menos– humano. La peligrosidad de lo que dijo Hebe de Bonafini se basa en que niega la humanidad de quienes no piensan como ella y no tanto en quienes elige como enemigos (algunos de ellos, incluso, creen también en el silencio del adversario, como ella). Y, si no es humano, se lo puede matar. Las ideas no se matan, pero mueren cuando muere quien las piensa.

Fuente: CONTRATAPA: El virus de la idea, por Leonardo M. D´Espósito - Critica Digital - 28/03/10
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El albañil que se hizo leyenda

Obdulio Varela es el dueño de una de las frases más reconocidas de la historia de los Mundiales: "Los de afuera son de palo. Cumplidos, sólo si somos campeones". Capitán y emblema del Uruguay de 1950, trabajó como peón de obra para poder comer. Tras la final contra Brasil, abrazó a los vencidos por los bares de Río de Janeiro.

Obdulio Varela consiguió lo que casi nadie pudo en la historia del fútbol: que su nombre se hiciera también un adjetivo que califica sin necesidad de explicaciones añadidas. Ser "un Varela" o "un Obdulio" o "un Negro Jefe" resulta, en Uruguay, una inequívoca señal de caudillo, de líder, de personalidad brava y leal. Fue crack sin la habilidad de Maradona; fue emblema sin la estampa de Beckenbauer; fue decisivo sin los goles de Pelé.

Y hubo un instante clave del día en que se recibió de leyenda perpetua. Friaca acababa de poner a Brasil en ventaja, en la antesala de esa consagración que parecía inevitable, en el Mundial de 1950. Entonces Varela se adueñó de la escena. Después, lo contó: "Lo que hice fue demorar la reanudación del juego, nada más. Esos tigres nos comían si les servíamos el bocado muy rápido. Entonces a paso lento crucé la cancha para hablar con el juez de línea, reclamándole un supuesto off-side que no había existido, luego se me acercó el árbitro y me amenazó con expulsarme, pero hice que no lo entendía, aprovechando que él no hablaba castellano y que yo no sabía inglés. Pero mientras hablaba varios jugadores contrarios me insultaban, muy nerviosos, mientras las tribunas bramaban. Esa actitud de los adversarios me hizo abrir los ojos, tenían miedo de nosotros. Entonces, siempre con la pelota entre mi brazo y mi cuerpo, me fui hacia el centro del campo de juego. Luego vi a los rivales que estaban pálidos e inseguros y les dije a mis compañeros que éstos no nos pueden ganar nunca, los nervios nuestros se los habíamos pasado a ellos. El resto fue lo más fácil".

Las particularidades de aquel encuentro decisivo y de la actuación de Varela las contó el escritor argentino Osvaldo Soriano en "Artistas, locos y criminales" (1983): "Los uruguayos atropellaban sin respetar a un rival superior pero desconcertado. Obdulio empujaba desde el medio de la cancha a los gritos, ordenando a sus compañeros. Parecía que la pelota era de él, y cuando no la tenía, era porque la había prestado por un rato a sus compañeros para que se entretuvieran".

Tras el Maracanazo, contrariado entre el triunfo y tanta decepción ajena, se metió en la noche de Río de Janeiro. Bebió desencantos por los mostradores de la ciudad de esa tristeza sin fin, abrazado a sus vencidos. Nadie sabía quién era ese grandote que no hablaba portugués. Era el mismo que un rato antes de la epopeya deportiva uruguaya les había dicho a sus compañeros su frase más recordada: "Los de afuera son de palo. Cumplidos... Sólo si somos campeones". Los dirigentes daban por válida una derrota decorosa. En el estadio carioca, monstruo de 200 mil cabezas, habitaba la certeza de la victoria.

No le importaban la televisión, las revistas, las apariciones públicas, los reportajes, la gloria breve de un título. Varela vivía de espaldas a los carteles luminosos y no se paraba en los puestos de diarios para verse en las tapas de las revistas. Antonio Mercader (alguna vez ministro de Educación del Uruguay) lo escribió en 1974, en la revista Siete Días: "Desde que volvió de Maracaná le huye a la fama. En 1950 bajó del avión en Carrasco, pidió un sombrero y se lo calzó hasta los ojos; levantó las solapas del impermeable y así camuflado se escurrió entre la gente. Se aisló, rehuyó a los periodistas que sitiaron su casa y durmieron en la vereda, esperándolo. Todavía sigue en la misma. '¿Entrevistas? ¿Para qué?'"

Eduardo Galeano, escritor uruguayo, mago de las palabras, lo contó a Obdulio en el marco de una huelga de futbolistas de aquel lado de la Orilla Rioplatense: "Mucho los ayudó el ejemplo de un hombre de frente alta y pocas palabras, que se crecía en el castigo, levantaba a los caídos y empujaba a los cansados: Obdulio Varela, negro, casi analfabeto, jugador de fútbol y peón de albañil".

Obdulio Jacinto Muiños Varela nació en Montevideo un día antes de que brotara la primera de 1917. Se lo conoció por su nombre, por el apellido de su madre y por su apodo que también hablaba de él: Negro Jefe. Jugó en el Club Deportivo Juventud y en Wanderers. En 1943 fue transferido a Peñarol, con el que obtuvo seis campeonatos. En la selección uruguaya debutó en 1939 y tres años más tarde ganó la Copa América. Lo mejor sucedería en los Mundiales: con él y su número cinco en la espalda dentro del campo de juego, La Celeste no conoció la derrota. En Suiza 1954, sin Obdulio en la cancha, Hungría lo eliminó en semifinales.

Los dirigentes lo querían menos que poco. Era incómodo ese grandote lento, de hablar poco y de decir mucho. Por ejemplo, cuando Peñarol decidió ponerle publicidad a las camisetas, Obdulio se negó. Todas las camisetas la lucían, menos la de ese centrojás que parecía capaz de todo. Tiempo después, la conducción del club le quiso dar al Negro Jefe el doble del premio que a sus compañeros. Lo dijo en una frase: "Para todos 500; o también para mí 250". Y cada jugador recibió lo mismo: 500 pesos.

Se fue del modo que eligió: austero, sencillo, en silencio. Cuando estaba por cumplir 79 años, murió entre pobrezas. Pero se llevó algo y para siempre: toda la gloria que podía caber en su cuerpo enorme.
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Mes a Mes, una visión tanto política como cultural

~ Nuestra Agenda ~

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Actividades tanto Políticas como Culturales, organizadas y/o propuestas por Jóvenes por la Iguadad Córdoba.

El Video Político Argentino: "Nuestra Constitución Nacional"

Preambulo de la Constitución Argentina: con voz de Jorge Lanata, del programa televisivo "Día D" (Canal América), 2001.

¿Cuando demandamos como sociedad, que la clase politica la respete?..Deberiamos aprender que ningun hombre tiene que estar por encima de ella, esa es la base de la igualdad de todos ante la ley...Pensar que deciamos en el 2001, "que se vayan todos", y aparecio más de lo mismo, Néstor Kirchner (se sabia en Santa Cruz ya quien era, como se manejaba), y luego su mujer, Cristina Fernandez de Kirchner, y con ellos, volvieron muchos más, la impunidad, la corrupción...¿Cuando aprenderemos a elegir a "nuestros representantes"?, ¿Cuando aprenderemos a votar algo distinto?...Hagamonos cargo de nuestro errores y de nosotros depende defenderla hoy, hacerla cumplir.

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