8/5/10
¿Somos dueños o no de nuestras propias ideas? ¿Son nuestras ideas realmente nuestras? La pregunta se dispara a partir del comentario de Hebe de Bonafini “vean Canal 7, escuchen Radio Nacional”. Más allá de lo que implique en el contexto en el que vivimos, Bonafini, al decir eso, recurría a un lugar común que quizás esconda algo de verdad, aunque tiendo a creer –quiero creer– que no: que los medios contagian nuestras opiniones y –más– guían nuestras acciones. Que influyen en nosotros al punto de obligarnos a hacer (y pensar) lo que quizás no debemos (¿pero debemos pensar tal o cual cosa?).
Es cierto que en un diálogo uno de los interlocutores puede llegar a adoptar como cierta una afirmación del otro, que el razonamiento mutuo puede causar un cambio de opinión. En todo caso, llegar a un acuerdo es uno de los sentidos de la comunicación. No se trata de influencia o manipulación, sino de pedirle al otro que revise sus ideas a partir de ciertos parámetros. Pero para que este diálogo se dé y las ideas puedan sufrir el mecanismo evolutivo de la supervivencia de la más efectiva, es necesario que cada interlocutor pueda pensar en libertad. Nuestros cerebros son capaces de tal cosa de modo automático. Paralelamente, este tipo de diálogo es el que ha construido el triunfo de las grandes teorías que se entrecruzan en nuestra vida, desde la evolución hasta la física cuántica. Y volvemos a lo mismo: es importante que cada idea que testea otra, cada solución alternativa a un problema, surja del libre juego del pensamiento.
Ahora bien: desde que existen los medios masivos de comunicación (y el alfabetismo los hizo realmente masivos), desde que los espectáculos artísticos son para multitudes, el fantasma de que una idea puede penetrar en las mentes inocentes y causar estragos como un virus se ha hecho más y más fuerte. La censura cinematográfica también se ha basado en eso. Muy temprano tras el nacimiento del cine, los controladores de la moral se dieron cuenta de que las imágenes forjan memoria de un modo mucho más permanente que la palabra (y llegan al analfabeto, también). Entonces, a cortar y prohibir. En el censor aparece la idea de que alguien comprende más el mundo que el resto de la Humanidad y que sabe qué es bueno y qué no para ella. La Humanidad es, así, un monstruo deforme e indiferenciado cuyo cerebro múltiple es el mínimo común denominador de ideas parcas, algo absolutamente corruptible.
Pero resulta que nadie sale a violar vírgenes después de ver La fuente de la doncella, a nadie se le ocurre llamar al vecino para sacarle el hígado y comerlo con zanahorias y chianti tras ver El silencio de los inocentes, ni mucho menos ir a Palermo a decapitar un caballo y poner la cabeza en la cama de la suegra porque vio El Padrino. Sabemos qué es falso: desde que somos chicos comprendemos que el Lobo no se comió a Caperucita; lo que nos importa es saber si en ese cuento los personajes son buenos o malos. Extrapolando estos comportamientos, uno puede decir que nadie cree automáticamente lo que le dice TN o Canal 7. Nuestras cabezas funcionan de manera autónoma y cada uno tiene una visión particular del mundo. Una visión que puede coincidir mucho con la de otro, pero que sigue siendo individual y producto de elecciones voluntarias.
Volvamos al principio: ¿son nuestras nuestras ideas? Me sometí al experimento de ver 6, 7, 8 unos cuantos días y creo –dado que me considero un típico exponente de la raza humana– que no, dado que no sólo no me hice kirchnerista sino que la manipulación del discurso de esos dizque periodistas me resultaba tan evidente que me dio bronca ser tratado como un idiota a quien el conductismo de la repetición puede convencer de algo. Como soy una persona ecuánime –o intento serlo: recuérdese que “ecuánime” y “objetivo” no son lo mismo– me sometí a la misma dieta de programas políticos de TN. Misma cosa: ver a los duetos buscar el pelo en el huevo o a productores manipular los zócalos me permitían ver que una cosa es criticar al Gobierno en lo criticable y otra manipular los adjetivos para que cualquier cosa adversa que pase en el mundo sea culpa de los Kirchner. Pensé lo mismo: que me trataban de orate. La prueba se puede repetir en gráfica: tomen un El Argentino y lean en paralelo la edición de Clarín del mismo día. Mis ideas respecto de la Argentina y los medios seguían siendo mías y habían pasado la prueba de contrastarse con las representaciones de esos medios.
Charlando con mi viejo, noto que a él (que no es periodista, por lo tanto no vive en ese micromundo que a veces nos rodea y confunde a las ratas de redacciones) le pasa lo mismo. Siendo opositor a este gobierno, no deja de decir “che, lo de Teéne ya es asqueroso”; ve el fútbol del 7 porque don Miguel es hincha de Independiente, pero dice que cómo joden con la propaganda oficial. Y ésa es la clave: el “eso es asqueroso” y el “cómo joden” demuestran que en todos hay una impermeabilidad saludable y básica a la obscenidad del conductismo. Que si decidimos no prestar atención a tal o cual cosa, lo hacemos por alguna razón.
(De paso, deberíamos pensar en eso respecto del comportamiento de la gran mayoría de los argentinos durante la dictadura, porque creo que hay una mala apreciación de esos tiempos tanto por los detractores más publicitados de los asesinos como de quienes dicen que en el fondo con los milicos estábamos mejor).
Volviendo: Hebe de Bonafini decía que los periodistas de la red de medios públicos eran los únicos que decían la verdad y –peor– a los que había que ver. El problema es que, al decir eso, se colocó en el mismo lugar de un creativo publicitario que cree que a “la gente” se le puede crear una necesidad gracias a las armas modernas de la persuasión. Bonafini cree que si “la gente” no adhiere a sus ideas o a este gobierno es porque los medios le mienten o no le dejan ver la realidad. Cree, y dice, que nuestras ideas no son nuestras, que otro nos las impone. Básicamente ésa ha sido la razón de censuras y prohibiciones. Una buena idea –digamos, la idea de que el Estado no puede asesinar, de que la tortura es mala– puede testearse contra cualquiera si es realmente mejor que otras, sin necesidad de que las otras no se escuchen: siempre voy a sentir náusea al leer Cabildo o La Nueva Provincia. Si, digamos, la administración Kirchner hace las cosas bien, el público verá fácilmente la manipulación de los grandes medios como tal. Si no, usará esos datos para seguir indignándose. Pero la indignación no la causan los medios: el ciudadano decide indignarse. Cuando Bonafini dice que los medios no oficiales están al servicio del capital internacional, es una opinión y una hipérbole atendible (no necesariamente cierta del todo, claro). Pero cuando dice que por eso no hay que ver ni oír todo, sino ver y oír los medios del Estado (y creer su información) está diciendo que los medios modelan a los ciudadanos: en suma, que no piensan por sí mismos.
Una de las características del ser humano es su capacidad de razonar y, sobre todo, comunicar ese razonamiento o un saber a otro ser humano. Otra, más importante, es la voluntad. Quien no tenga tales capacidades no será –o será menos– humano. La peligrosidad de lo que dijo Hebe de Bonafini se basa en que niega la humanidad de quienes no piensan como ella y no tanto en quienes elige como enemigos (algunos de ellos, incluso, creen también en el silencio del adversario, como ella). Y, si no es humano, se lo puede matar. Las ideas no se matan, pero mueren cuando muere quien las piensa.
Fuente: CONTRATAPA: El virus de la idea, por Leonardo M. D´Espósito - Critica Digital - 28/03/10
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Obdulio Varela consiguió lo que casi nadie pudo en la historia del fútbol: que su nombre se hiciera también un adjetivo que califica sin necesidad de explicaciones añadidas. Ser "un Varela" o "un Obdulio" o "un Negro Jefe" resulta, en Uruguay, una inequívoca señal de caudillo, de líder, de personalidad brava y leal. Fue crack sin la habilidad de Maradona; fue emblema sin la estampa de Beckenbauer; fue decisivo sin los goles de Pelé.
Y hubo un instante clave del día en que se recibió de leyenda perpetua. Friaca acababa de poner a Brasil en ventaja, en la antesala de esa consagración que parecía inevitable, en el Mundial de 1950. Entonces Varela se adueñó de la escena. Después, lo contó: "Lo que hice fue demorar la reanudación del juego, nada más. Esos tigres nos comían si les servíamos el bocado muy rápido. Entonces a paso lento crucé la cancha para hablar con el juez de línea, reclamándole un supuesto off-side que no había existido, luego se me acercó el árbitro y me amenazó con expulsarme, pero hice que no lo entendía, aprovechando que él no hablaba castellano y que yo no sabía inglés. Pero mientras hablaba varios jugadores contrarios me insultaban, muy nerviosos, mientras las tribunas bramaban. Esa actitud de los adversarios me hizo abrir los ojos, tenían miedo de nosotros. Entonces, siempre con la pelota entre mi brazo y mi cuerpo, me fui hacia el centro del campo de juego. Luego vi a los rivales que estaban pálidos e inseguros y les dije a mis compañeros que éstos no nos pueden ganar nunca, los nervios nuestros se los habíamos pasado a ellos. El resto fue lo más fácil".
Las particularidades de aquel encuentro decisivo y de la actuación de Varela las contó el escritor argentino Osvaldo Soriano en "Artistas, locos y criminales" (1983): "Los uruguayos atropellaban sin respetar a un rival superior pero desconcertado. Obdulio empujaba desde el medio de la cancha a los gritos, ordenando a sus compañeros. Parecía que la pelota era de él, y cuando no la tenía, era porque la había prestado por un rato a sus compañeros para que se entretuvieran".
Tras el Maracanazo, contrariado entre el triunfo y tanta decepción ajena, se metió en la noche de Río de Janeiro. Bebió desencantos por los mostradores de la ciudad de esa tristeza sin fin, abrazado a sus vencidos. Nadie sabía quién era ese grandote que no hablaba portugués. Era el mismo que un rato antes de la epopeya deportiva uruguaya les había dicho a sus compañeros su frase más recordada: "Los de afuera son de palo. Cumplidos... Sólo si somos campeones". Los dirigentes daban por válida una derrota decorosa. En el estadio carioca, monstruo de 200 mil cabezas, habitaba la certeza de la victoria.
No le importaban la televisión, las revistas, las apariciones públicas, los reportajes, la gloria breve de un título. Varela vivía de espaldas a los carteles luminosos y no se paraba en los puestos de diarios para verse en las tapas de las revistas. Antonio Mercader (alguna vez ministro de Educación del Uruguay) lo escribió en 1974, en la revista Siete Días: "Desde que volvió de Maracaná le huye a la fama. En 1950 bajó del avión en Carrasco, pidió un sombrero y se lo calzó hasta los ojos; levantó las solapas del impermeable y así camuflado se escurrió entre la gente. Se aisló, rehuyó a los periodistas que sitiaron su casa y durmieron en la vereda, esperándolo. Todavía sigue en la misma. '¿Entrevistas? ¿Para qué?'"
Eduardo Galeano, escritor uruguayo, mago de las palabras, lo contó a Obdulio en el marco de una huelga de futbolistas de aquel lado de la Orilla Rioplatense: "Mucho los ayudó el ejemplo de un hombre de frente alta y pocas palabras, que se crecía en el castigo, levantaba a los caídos y empujaba a los cansados: Obdulio Varela, negro, casi analfabeto, jugador de fútbol y peón de albañil".
Obdulio Jacinto Muiños Varela nació en Montevideo un día antes de que brotara la primera de 1917. Se lo conoció por su nombre, por el apellido de su madre y por su apodo que también hablaba de él: Negro Jefe. Jugó en el Club Deportivo Juventud y en Wanderers. En 1943 fue transferido a Peñarol, con el que obtuvo seis campeonatos. En la selección uruguaya debutó en 1939 y tres años más tarde ganó la Copa América. Lo mejor sucedería en los Mundiales: con él y su número cinco en la espalda dentro del campo de juego, La Celeste no conoció la derrota. En Suiza 1954, sin Obdulio en la cancha, Hungría lo eliminó en semifinales.
Los dirigentes lo querían menos que poco. Era incómodo ese grandote lento, de hablar poco y de decir mucho. Por ejemplo, cuando Peñarol decidió ponerle publicidad a las camisetas, Obdulio se negó. Todas las camisetas la lucían, menos la de ese centrojás que parecía capaz de todo. Tiempo después, la conducción del club le quiso dar al Negro Jefe el doble del premio que a sus compañeros. Lo dijo en una frase: "Para todos 500; o también para mí 250". Y cada jugador recibió lo mismo: 500 pesos.
Se fue del modo que eligió: austero, sencillo, en silencio. Cuando estaba por cumplir 79 años, murió entre pobrezas. Pero se llevó algo y para siempre: toda la gloria que podía caber en su cuerpo enorme.
2/4/10
¿Qué es el Estado?, ¿el Poder con sus contradicciones?...
Viejas y nuevas (re) formas
"Consagra la igualdad y reproduce desigualdades, es poder establecido y en movimiento", dice el autor de la maquinaria de esencia contradictoria.
Todos contamos con "el Estado", esa entidad/espacio/referencia omnipresente, aún en su ausencia o ubicuidad, a la hora de definir nuestro lugar en el mundo, sea como individuos, ciudadanos, pueblo o nación. Veámoslo como un mínimo común denominador de las sociedades en toda su diversidad y complejidad. También, como un factor multiplicador de aspiraciones, proyectos y potencialidades; una resultante de sus combinatorias e interacciones. Allí tenemos prefigurado un piso y un horizonte de lo que un Estado fue y sigue siendo, desde los tiempos de Hobbes, Hegel, Marx, Max Weber y Antonio Gramsci hasta la actualidad.
En su núcleo duro está el poder. Esto es, la capacidad para producir –o no– esa sinergia tan prodigiosa como imposible de lograr en forma acabada. Y aquí su primera contradicción: el concepto instalado por Maquiavelo (Lo stato) remite a una entidad establecida, detenida. Pero su realidad es la de un constante movimiento. Es el ancla de los derechos de la ciudadanía y el motor de sus necesidades y demandas. Consagra la igualdad y reproduce desigualdades; poder establecido y en movimiento, instituido e instituyente, que se cristaliza en instituciones y marcos jurídicos y a la vez, se manifiesta en las fuerzas sociales que acatan o cuestionan tales referencias.
Por eso Guillermo O' Donnell acierta cuando introduce su gran ruptura con las definiciones jurídico-normativas: el Estado no es sólo su aparato burocrático y sus instituciones, sino también y sobre todo, un conjunto dinámico de relaciones sociales. Inclusive aquellos fenómenos que prosperan en los márgenes y minan su legitimidad, lo necesitan para autojustificarse: el narcotráfico no sería redituable si no fuera ilegal, la corrupción es posible porque existe el dinero público.
Y un factor más: hay muchas formas en las que el Estado puede perder el control del territorio, también cuando la tierra y la naturaleza se sublevan y escapan a toda pretensión de dominio humano: preguntémonos dónde estuvo el Estado en Chile en las horas aciagas del terremoto.
Segunda contradicción, irreductible e irresoluble: todos, la izquierda y la derecha, los sectores progresistas como los conservadores, liberales, socialistas o populistas, reclaman que el Estado "cumpla cabalmente" con funciones sobre las cuales –se sabe a esta altura de los tiempos posmodernos y el cambio climático–, por sí sólo y en tanto tal, difícilmente podrá responder satisfactoriamente en plenitud. La apelación al Estado viene aquí de la mano con su caracterización defectuosa: ciudadanías de baja intensidad, Estados débiles, desertores o fallidos. La demanda de que el Estado recupere atribuciones o facultades que perdió en algún momento de la historia, que debemos "reconstruir el Estado" para que éste pueda cumplir con las metas de seguridad pública, defensa externa, desarrollo humano, el crecimiento económico y la equidad social, en tanto remite a ese pasado mítico, contiene las semillas de su propia frustración.
Tercera contradicción. Porque estamos hablando, además, de un Estado democrático, encargamos a un grupo de personas para que ejerzan el mandato de llevarnos a buen puerto, administren y gestionen la cosa pública. Pero, como se trata también de un Estado republicano, esperamos que no se confunda Estado con gobierno, y las personas con los roles que ellas cumplen transitoriamente. Encarnamos la conducción del Estado en un/a Presidente, y le fijamos límites y controles que, en caso "de necesidad y urgencia", serán (in)debidamente soslayados en aras de la gobernabilidad.
¿Cómo detener al poder y, al mismo tiempo, evitar la impotencia o ingobernabilidad?
Hannah Arendt encuentra la llave maestra para resolver este dilema en la interpretación que hacen Jefferson y Madison de la máxima de Montesquieu, "sólo el poder contrarresta al poder": "la única forma de detener al poder y mantenerlo, a la vez, intacto es mediante el poder; de tal forma que el principio de la separación de poderes no sólo proporciona una garantía contra la concentración del poder por una parte del gobierno, sino que realmente implanta en el seno del gobierno, una especie de mecanismo que genera constantemente nuevo poder, sin que, no obstante, sea capaz de expandirse y crecer desmesuradamente en detrimento de los restantes centros o fuentes de poder" (Sobre la revolución, cap.4). En suma, la división de poderes –Ejecutivo, Legislativo y Judicial– no sería, en tal caso, un juego de suma cero en el que uno gana lo que el otro pierde, sino un juego incremental que resolvería esa cinchada recurrente entre Ejecutivos decisionistas, Parlamentos obstruccionistas y Magistraturas politizadas.
Fuente: Viejas y nuevas (re) formas, Por Fabián Bosoer - Revista Ñ - 13/03/10
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En busca del Estado Ideal: ¿que es lo Público...?
La metamorfosis del Estado
Profundas mutaciones del espacio público
Por: Leonor Arfuch
No es ocioso –cree la ensayista Leonor Arfuch– preguntarse qué significa lo público. "¿Son las calles, parques, edificios públicos? ¿El accionar del Estado, la "cosa pública"? ¿El espacio del ágora, de la protesta, de la opinión? ¿El espacio mediático? ¿El del consumo?"
En el convulsionado mundo contemporáneo el espacio de lo público ha sufrido una profunda mutación. Por un lado, el despliegue sin pausa de las tecnologías de la comunicación, de la televisión satelital a la Internet, la telefonía celular, y un largo etcétera, ha ampliado el horizonte de la visibilidad del acontecer a límites insospechados. Por el otro, ha dado impulso a la tendencia, ya vislumbrada décadas atrás, de intrusión de lo privado –y lo íntimo– en lo público, difuminando aún más los umbrales, nunca nítidos, entre esos dos espacios clásicos de la modernidad.
Sin embargo, cuando en la era de la imagen un ojo orbital parece ser capaz de seguirnos a cualquier rincón del planeta, hay vastas regiones de lo público, en lo que hace a lo social y lo político, que quedan en la sombra, cobijadas por el secreto o el enigma, resistentes a lo que Jacques Derrida proponía llamar el "derecho de mirada", que nos permitiría exigir, en tanto ciudadanos, ver "detrás de la cámara" lo que no muestran/dicen las pantallas.
Así, no es ocioso preguntarse qué entendemos hoy por el espacio público: ¿las calles, parques, edificios públicos? ¿El accionar del Estado, la "cosa pública"? ¿El espacio del ágora, de la protesta, de la opinión? ¿El espacio mediático? ¿El del consumo? ¿El de las redes sociales de Internet, con su ilusión de participación en defensa de alguna "buena causa"...?
Acordemos o no con esta enumeración, lo que parece evidente es que ya no podemos anclarnos en el singular: hay varios espacios públicos, cada uno con sus usos, modalidades y regulaciones..., claro que algunos son más públicos que otros.
En esa gradación de lo "más público" campea sin duda el espacio mediático, que conjuga diestramente todos los registros: lo social, lo político, lo privado, lo íntimo. Una conjunción heterogénea de géneros y estilos donde se construye el espacio de lo público en su más amplia acepción. Un espacio eminentemente político, esta vez, en todas sus acepciones.
Llegamos aquí al meollo del asunto, al corazón de lo público, si pudiera decirse: la política en tanto administración –según autores– y lo político como pugna entre adversarios, articulación de demandas, lucha por la hegemonía. Sabemos que a ambos registros, aunque sucedan en ese incierto lugar del mundo que llamamos "realidad", sólo accedemos a través de los medios, que aúnan forma y sentido.
En esa obligada relación entre medios y política también se han producido mutaciones. Por un lado, el creciente involucramiento de los medios en la política, por el otro, el corrimiento de la escena política a la calle, la plaza, la ruta, el campo, el puente, la explanada... cronotopos móviles, cambiantes –¿una modalidad road movie de la política?– que devienen sitios emblemáticos de la protesta, donde diversas voces, encarnando idealmente la pluralidad democrática, se hacen oír. Instancias convocadas a menudo expresamente para la televisión, donde la cámara se perfecciona en la captura de los gestos y de los afectos, componente esencial de la política.
Sin embargo, la relación entre política y afecto no se agota en esos "efectos de pantalla".
Se juega también en las creencias, las sensibilidades, las tradiciones, las conversaciones, las verdades acendradas del sentido común. Un devenir fluctuante, que lleva, aún insensiblemente, de la política a la relación con el Estado, o más bien, con el imaginario del Estado, tal como aparece en las distintas voces del discurso social. Un Estado cuya presencia lejana y abstracta se plasma sin embargo en la materialidad cotidiana: lo que funciona, lo que no funciona, lo que afecta virtualmente nuestra vida pública y privada. Ese imaginario es extraordinariamente cambiante según las épocas, las coyunturas, las orientaciones del mercado, de la política y de la opinión.
Su noción misma puede estar ligada tanto al buen vivir –por ejemplo, el "Estado de Bienestar" cuyo ocaso se decretó en las últimas décadas– como al agravio rotundo a la vida y a la condición humana –el Terrorismo de Estado, del cual hemos tenido una trágica experiencia.
Lo cualitativo puede incluso traducirse en lo cuantitativo: "menos Estado" o "más Estado", una expresión que se hizo corriente con las privatizaciones de los 90 y su más allá, aunque resulte difícil dirimir los términos –paradójicos– de esa ecuación: sólo una fuerte injerencia del Estado pudo hacer posible su "reducción". ¿Qué imaginarios del Estado se delinean hoy entre nosotros, transcurrida casi una década del nuevo siglo que comenzó con la consigna antipolítica del "Que se vayan todos"?
¿Qué cambios en la subjetividad?
Un primer acercamiento a las expresiones más corrientes del discurso social mostraría un escenario de neta confrontación: por un lado, un reclamo sostenido por la ausencia –o ineficiencia– del Estado en cuestiones tales como la (in)seguridad, la pobreza, la desocupación, la salud pública, la educación, la vivienda, el resguardo de los bienes, la seguridad jurídica, el desarrollo productivo, la expansión del comercio, la suba de los precios, el contralor de los espacios públicos, los efectos del cambio climático y hasta el sentimiento de bienestar de los ciudadanos, la felicidad de los niños o el precario futuro de los jóvenes atacados por la "inacción".
Por el otro, el rechazo de su excesiva "presencia": la voracidad fiscal del Estado que se inmiscuye en los negocios privados, su carácter rapaz, que lo lleva a "meter la mano en el bolsillo" de diversas maneras, su pretensión reguladora de las lógicas del libre mercado y de la competencia, el uso abusivo de sus potestades, su desmesura en el gasto público...
Curiosamente, esta confrontación, que pone en escena la típica identificación entre Estado y gobierno –tal vez un genuino rasgo autóctono– no se da entre dos "bandos" diferenciados sino a menudo en una misma posición: al tiempo que se reclama por la ausencia se reniega también de la "presencia".
Una tensión irresoluble donde convive la figura de un "Otro" protector, responsable de todo lo que ocurre, a escala doméstica o global –y entonces siempre en falta– y un Otro demandante (de recursos) a quien se cuestiona permanentemente su intervención. Así, mientras se le pide al Estado que garantice el bienestar de todos (en cualquiera de sus formas), se omite el costo que tiene el brindar nuevos y mayores servicios. Lo cual trae al ruedo la cuestión de las prioridades, que obviamente no son las mismas para todos.
¿Cuál sería entonces el Estado ideal, que sepa conciliar tantos deseos utópicos?
Entre las múltiples respuestas posibles elegimos algunas: un Estado que se oriente siempre a garantizar la equidad (contributiva y distributiva) en la asignación de obligaciones y beneficios; que considere la pobreza no como un "escándalo moral" sino como un problema económico y político prioritario; que tenga un grado de legitimidad y reconocimiento social mucho mayor, más allá de las decisiones coyunturales; que tenga una fuerte representatividad y participación de los distintos sectores sociales en la toma de decisiones; que sea capaz de garantizar la continuidad de procesos y de experiencias transformadoras para la comunidad sin empezar cada vez de cero; que respete las libertades individuales; que se acerque un poco más al Estado de Bienestar; que enfrente la corrupción; que no combata la inseguridad con represión y autoritarismo sino atendiendo a sus causas; que no aliente el miedo, el odio o la delación como relación social; que no sea un fin en sí mismo sino uno de los medios para poder imaginar horizontes comunes y al mismo tiempo capaz de potenciar singularidades.
Ahora, ¿qué sociedad podrá estar a la altura de tales desafíos? Porque no hay un "Estado ideal" sin una sociedad que lo haga posible. Imaginemos una donde pueda alojarse el desacuerdo en la política, que acepte el conflicto como constitutivo de la democracia –sin demonizarlo– y donde una ética del discurso presida las instancias de la comunicación.
Al Margen: El signo de la escuela pública
Por Ines Dussel
¿Cuál es el signo con el que recordaremos a la escuela pública de esta última década? ¿Será que habrá espacio para ver avances, o todo quedará acotado por la impresión de deterioro que se expande como diagnóstico implacable sobre la educación y la sociedad argentinas? 2010 llega en el marco de "ánimos crispados". La década que termina abrió con una crisis de grandes proporciones. El 2001 es todavía una herida abierta entre nosotros, lo que se evidencia en las conductas políticas y también en los climas sociales. En las escuelas públicas, la sensación de desamparo y caída abrupta de esa crisis hizo que creciera su función social de contención y refugio a expensas de sus tareas más propiamente instruccionales. La matrícula escolar creció consistentemente, sobre todo en el nivel inicial y en el tramo inicial de la escuela secundaria, impulsada por una renovada apuesta social por la educación como medio de salir del pozo.
La clase media urbana siguió migrando a la escuela privada, y el sector público se concentra en los sectores más pobres, rurales y con trayectorias escolares más difíciles y desafiantes. Las nuevas tecnologías imponen otras condiciones de trabajo en las aulas y prometen trastocar las relaciones de poder y los criterios de verdad en pocos años. En otras palabras, hay ampliación, cambio de funciones, crecimiento desigual, y no se revierte una tendencia a la fragmentación social que, por otra parte, está ocurriendo en muchos otros ámbitos de la sociedad (salud, vivienda, políticas de seguridad ciudadana).
Es interesante detenerse a pensar en los efectos que produjo esta ampliación de la oferta y de la obligatoriedad en las escuelas públicas. Por el lado de quienes se incorporan a la escuela por primera vez en generaciones, implica un salto importante en su horizonte social, aunque todavía hay que darle contenido más sustantivo a esa promesa de acceso al saber que hace –y cumple débilmente– la escuela.
Por el lado de los docentes, estas demandas son recibidas con respuestas polarizadas. Un grupo importante vuelve a afirmar un sentido de compromiso militante y de orgullo del oficio que hacía décadas no se veía, muy apoyado en discursos sindicales y en una perspectiva casi heroica de la profesión. Pero también se afirma en otros docentes la frustración y el resentimiento, que se expresan en la nostalgia de la vieja escuela argentina y en una supuesta superioridad moral para condenar y expulsar a los recién llegados. Habrá que elaborar políticas educativas de largo alcance y de ambiciones generosas para que volvamos a tejer algo de lo que viene fracturándose, y para que la escuela cumpla esa función de abrir nuevas puertas al saber y a un futuro mejor en la que seguimos confiando
Fuente: Profundas mutaciones del espacio público, Por Leonor Arfuch - Revista Ñ - 13/03/10
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21/2/10

El doble cuerpo de Julio Cobos
por Beatriz Sarlo
La política argentina siempre está al borde de la anomalía, que no afecta únicamente los actos de los "otros". El kirchnerismo no es sólo una solitaria exasperación de los rasgos antiinstitucionales del peronismo. El clientelismo no es sólo la versión actual de los caudillismos pasados ni lo practican, en exclusiva, los intendentes justicialistas. Por el contrario, cuando un rasgo tiñe de este modo la escena, todos los que participan en ella son desviados hacia el magnético campo de la anomalía, pese a sus ideologías explícitas y a sus tradiciones.
Eso es, en mi opinión, lo que sucede con el "caso del vicepresidente". Cobos llegó a serlo contrariando a su partido, que lo juzgó responsable de un acto que debía castigarse con la "expulsión de por vida". A Cobos lo siguió un batallón de dirigentes radicales persuadidos de que el radicalismo no ganaría una elección hasta quién sabe cuándo y de que pasarse al Frente para la Victoria era la única forma de seguir en política. Esto los convenció, por lo menos, tanto como el discurso sobre la transversalidad con el que Kirchner decoraba una construcción basada en incorporar dirigentes no justicialistas (vinieran de la UCR o del Partido Socialista) que le permitieran cambiar la correlación de fuerzas que en 2006 no lo favorecía en el PJ.
La transversalidad, a la que contribuyeron no sólo el entonces oscuro Cobos, sino también el ex vicepresidente Carlos Alvarez, que se dedicó a restarle fuerzas a Carrió para ofrendárselas a Kirchner, como si la transversalidad santacruceña fuera una remake de aquella, fuertemente impulsada por ideas, que él, Bordón y Storani anunciaron en la Confitería del Molino en 1994. Por el contrario, como lo probaba la figura gerencial, apagada y poco carismática de Cobos, la transversalidad del Frente para la Victoria era más instrumental que ideológica, aunque en su costado de centroizquierda conservara todavía las ilusiones de un Kirchner renovador progresista.
Estuve en el acto del corsódromo de Gauleguaychú, en el invierno de 2006, cuando Cobos, ante la mirada gélida de Kirchner, pronunció su primer discurso antes de ser lanzado como integrante de la fórmula presidencial. En ese momento, Cobos no inspiraba nada a nadie, excepto al entonces presidente Kirchner, que sabía que el mendocino no llegaría sólo al Frente para la Victoria, sino ofreciendo con su pase una porción de radicales y, sobre todo, descalabrando a un partido que atravesaba serias dificultades; tantas que culminaron en la candidatura presidencial de Roberto Lavagna. Eran momentos en que Kirchner estaba deshaciendo a su antojo todo el viejo sistema político argentino, para bien o para mal.
El pase de Cobos al Frente para la Victoria todavía debe ser explicado. Sus motivos políticos coyunturales a todo el mundo le parecían por entonces muy evidentes, y a muchos, incluso, acertados. Kirchner ganaba todo y los demás perdían sin remedio. En esos años, hoy lejanísimos, la movida de Cobos era tan natural como exitosa. Estaba dentro del orden de las cosas. No innovaba nada, sino que se plegaba con astucia a la innovación que Kirchner parecía representar. En vez de presentar batalla, aceptaba el orden presidencial.
En dos años, las cosas se mostraron muy diferentes. Kirchner se equivocó en el conflicto con el campo y Cobos, un hombre cuyo rasgo más destacado es la prudencia (es un extremista de la prudencia), votó en contra de la resolución 125 como reclamaba casi todo el mundo, viendo a un gobierno encerrado en la trampa que se había construido para sí mismo. En esa madrugada, se creyó asistir al nacimiento de una nueva estrella en el desnutrido planetario político local.
Sin embargo, aunque estos sean los acontecimientos vistos desde su costado externo, hay algo profundamente insatisfactorio en el segundo capítulo de esta historia, en cuyo transcurso Cobos emprende el regreso a la casa radical. El vicepresidente no ha hecho un balance conocido de lo actuado en el primer capítulo. Vuelve al hogar sin pronunciar juicio sobre su escapada al kirchnerismo. Y los radicales parecen dispuestos a recibirlo sin revisar las cuentas. Una sola noche, la de la 125, y una montaña de encuestas de opinión pública son más fuertes que la decisión política (equivocada en opinión de muchos) de hacerse kirchnerista. Sin duda, las dificultades están por delante porque algunos radicales, como Gerardo Morales, no aceptan que el blanqueo de Cobos se convierta en su apoteosis. Estos dirigentes jugaron solos durante muchos meses y no quieren ser tan solícitos con el hijo pródigo.
Los políticos que no revisan su pasado corren el riesgo de repetirlo bajo formas diferentes. Una clara y larga revisión de lo hecho por Cobos debería incluir no sólo la confianza, infundada, en la capacidad de Kirchner para construir un espacio político plural; debería también incorporar el error de cálculo, que es uno de los errores que pueden conducir a consecuencias fatales. Un político impulsivo tiende a equivocarse, porque sus cálculos son más sucintos y precipitados. Cuando un político somero y frío como Cobos se equivoca, pone en escena la debilidad de sus criterios de juicio. Y conste que, para dejar despejado el terreno, ni siquiera hablo de valores o principios. Del ex vicepresidente Carlos Alvarez conocemos su silenciosa inclusión en el espacio kirchnerista, pero también conocemos sus opiniones y sus análisis sobre lo que estuvo mal y lo que estuvo bien en los años de construcción del Frepaso y la Alianza. De Cobos no sabemos nada, excepto que, silenciosamente, comunica que estuvo bien entonces, en la cabalgata inaugurada en el corsódromo de Gualeguaychú, y ahora, en la cena radical de San Nicolás.
Del lado de los dirigentes radicales, tampoco las cosas se ordenan según las líneas que permitirían una política más clara. En un reportaje aparecido en Perfil hace pocos días, el presidente de la UCR, Ernesto Sanz, dijo textualmente: "No sólo [Cobos] no tiene que renunciar, tiene que votar, porque es un senador más a la hora del desempate. La sociedad el 28 de junio votó por estas cosas. Entonces, es como si hubiera votado un supra senador de la oposición. Y este es un valor que la oposición no tiene que regalárselo al oficialismo". ¿"Suprasenador"?
La cita es asombrosa, y, afortunadamente, los radicales tienen en sus filas juristas como Ricardo Gil Lavedra, que poseen el saber necesario para desentrañarla. Sólo me animo a señalar que no existe en la Argentina una figura constitucional llamada "suprasenador" y que, responsablemente, tal neologismo no debe usarse siquiera como término de una comparación. Ya son suficientes los engendros institucionales con los que se gobierna, como para que el jefe de la oposición les agregue sus ocurrencias. No existen los "suprasenadores", del mismo modo que no deberían existir los "supraexpresidentes".
Por otra parte, dentro de las variadas interpretaciones del voto del 28 de junio, la de atribuirle valor constituyente es inverosímil. La gente votó lo que votó, pero jamás podría haber votado que el vicepresidente de la República se convirtiera en "suprasenador" de la oposición. La frase es de un populismo profundo: se pliega a los supuestos "deseos de la gente" como si todos los deseos fueran legítimos por el sólo hecho de que una mayoría o una minoría los experimentara.
Las contorsiones a que obliga el doble cuerpo de Cobos (uno en la vicepresidencia y otro en la oposición) no mejoran la política actual. Cobos afirmó recientemente que tiene "libertad de pensamiento, opinión y decisión". En efecto, puede ejercer esas tres libertades, pero el ejercicio de la tercera lo obligaría a renunciar a la condición vicepresidencial que lo colocó en un escenario al que no habría llegado tan rápido por sus propios medios. No digo que no hubiera llegado por sus propios méritos, porque, en verdad, se lo conoce todavía bastante poco.
Mes a Mes, una visión tanto política como cultural
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Actividades tanto Políticas como Culturales, organizadas y/o propuestas por Jóvenes por la Iguadad Córdoba.
El Video Político Argentino: "Nuestra Constitución Nacional"
Preambulo de la Constitución Argentina: con voz de Jorge Lanata, del programa televisivo "Día D" (Canal América), 2001.
¿Cuando demandamos como sociedad, que la clase politica la respete?..Deberiamos aprender que ningun hombre tiene que estar por encima de ella, esa es la base de la igualdad de todos ante la ley...Pensar que deciamos en el 2001, "que se vayan todos", y aparecio más de lo mismo, Néstor Kirchner (se sabia en Santa Cruz ya quien era, como se manejaba), y luego su mujer, Cristina Fernandez de Kirchner, y con ellos, volvieron muchos más, la impunidad, la corrupción...¿Cuando aprenderemos a elegir a "nuestros representantes"?, ¿Cuando aprenderemos a votar algo distinto?...Hagamonos cargo de nuestro errores y de nosotros depende defenderla hoy, hacerla cumplir.

